CRÓNICAS DE HURLINGHAM
LOS LAPACHOS ALEGRAN NUESTRAS CALLES

Un texto de Gladys Águeda Coviello

Cuenta una leyenda del Norte que cierto cacique soñaba con tener un hijo varón. Finalmente después de la novena mujercita, llegó el ansiado niño al que llamaron Pachó. El pequeño creció junto a sus hermanas jugando con ellas, hilando  y aprendiendo a hacer artesanías. Cuando llegó a la adolescencia se enamoró de Piyaó, un guerrero apuesto y huyó con él. Su padre ordenó buscarlos. Lejos, en la selva basal, encontraron a los jóvenes viviendo como una enamorada pareja. Una flecha atravesó el corazón de Pachó y su cuerpo quedó en el lugar donde fueron sorprendidos. Piyaó corrió a través de la espesura y atrás de él, los guerreros enviados por el cacique. Muchas horas tardaron hasta cazarlo y fue llevado ante el jefe. El magnífico compañero de Pachó sufrió tormentos ante la tribu reunida que debía presenciar el castigo. Luego fue expuesto como ejemplo de lo que sucedería a quien lo imitara. El cacique envió a los hombres de su tribu a traer el cuerpo de su hijo. Cuando llegaron al lugar donde había caído el joven Pachó, no lo encontraron y en su lugar estaba  un árbol diferente con su copa repleta de bellísimas y desconocidas flores rosadas. Con el tiempo, quienes narraban la triste historia de Pachó, modificaron el nombre, añadieron “la” y quitaron el acento: Lapacho.
Con justicia denominan a Tucumán El Jardín de la República. Fue en los primeros días de agosto que los lapachos florecidos me maravillaron en las calles del parque  9 de julio y, en las veredas del centro, a pesar de la contaminación, eran tan abundantes los azahares que los naranjos parecían nevados. El perfume intenso invitaba a pensar en la generosidad de esa tierra.
 Son los lapachos quienes anuncian el fin del invierno en el Norte porque sus copas altísimas pintan el cielo de rosa, cuando aún no han brotado las hojas. Los llaman “centinelas del monte” porque custodian la vida de la selva. 
Los vecinos de Hurlingham, que participaron de ese espectáculo alguna vez,  decidieron plantar lapachos en sus veredas. Uno rosado está en Potosí  y Williams, otro del mismo color sobre Río Colorado y cerca de él, se ubica el lapacho misionero amarillo. Existen lapachos blancos raros y son extraños ejemplares como el de Solís y la avenida Vergara. En Roca al 900 se puede admirar un enorme ejemplar florecido. Pero con nuestro clima templado, estos magníficos árboles no pueden gozar del título de  centinelas anunciadores de la primavera.
El lapacho  rosado  o lapacho tucumano mide más de 30 metros de altura; su tronco es recto, cilíndrico, desprovisto de ramas y con corteza gris cuando es joven que se torna negra, surcada por profundas líneas moradas y longitudinales cuando es adulto. El diámetro de la circunferencia del tronco puede llegar a medir hasta tres metros.
 Los lapachos amarillos son de porte menor y menos comunes. Su altura varía entre los 8 y 12 metros. La madera es amarilla y las hojas con los bordes aserrados, se agrupan de a cinco en una varita. Recién cuando alcanzan los 2 metros de altura, empiezan a florecer.  Las flores hermafroditas agrupadas en racimos aparecen antes que las hojas. Miden entre 5 y 6 cm con forma de tubos, bordes irregulares ondeados y ensortijados. Los frutos son vainas de 15 a 40 cm con numerosas semillas pequeñas, planas y aladas.
El lapacho es originario de Sudamérica, pero se lo ha llevado a África, Norteamérica, Asia, Australia y Oceanía. Necesita mucho sol y espacio, climas cálidos o templados y pide suelos fértiles y drenados.
La madera es pesada y muy dura. Es resistente a los hongos,  humedad e insectos. Los jesuitas arrancaban los árboles con sus raíces que hacían de base para las columnas en las construcciones de sus templos. Por esa resistencia, en los tiempos coloniales, fabricaban  los rayos de las carretas. Además se fabrican muebles finos y sólidos, artesanías, postes, tranqueras, puertas y vigas  para soportes de techos pesados.
Estos árboles famosos por su belleza gozan de prestigio por los favores que brindan a la medicina. De su corteza y  raíces se extraen sustancias que intervienen en medicamentos energizantes, astringentes, desinflamatorios, analgésicos, antioxidantes, antimicóticos, antivirales, antiparasitarios y laxantes. Estos árboles son primos de las catalpas porque pertenecen a la familia de las bignonias.


Contacto: gladyscoviello@yahoo.com.ar
Agradecimientos: A Toni Kraemer y José María Carcavallo.


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