EL TÚNEL DEL TIEMPO
Ferretería San Patricio
VIERON CRECER UN BARRIO

Eran jóvenes, con ganas de trabajar y encontraron un lugar donde todo estaba por hacerse.

Eugenio López y Elena Belloso abrieron por primera vez las puertas de la Ferretería San Patricio en 1957. Dos años antes se habían casado en Luján y luego se mudaron a San Isidro donde trabajaron en una ferretería.
En Hurlingham construyeron un local en la calle Luzuriaga al 1.900, en la parte de adelante de la caballeriza que era propiedad de Antonio Francetti, el padrastro de Elena. Al principio, Junto con la mercadería de la ferretería vendían juguetes, artículos de tocador, de librería y para el hogar. A finales de los años 50 había pocas casas en la zona, desde el frente del negocio se podía ver El Trote, la mayoría de las calles de Villa Club eran de tierra y estaba todo por construir, era un escenario ideal para una pareja joven con ganas de progresar.
Mientras que Eugenio volvió a su antiguo oficio de pintor, Elena se quedó en el mostrador para atender al creciente número de clientes, contentos de no tener que ir a comprar afuera de los límites del barrio. Después de un tiempo, la acompañó su hermano Antonio, que llegó de Luján con 11 años de edad.
Dos años después de la inauguración de la ferretería, utilizaron las instalaciones de la caballeriza, que hasta ese momento alquilaba Juan Vignau, y expandieron el negocio familiar incorporando un corralón de materiales.
Conocían a casi toda la gente del barrio, que en su mayoría fue construyendo sus casas con el esfuerzo del trabajo propio y los materiales que compraban en San Patricio. Vendían todo lo que se necesitaba en una casa, puertas adentro del negocio, bromeaban con una frase que sacaron de una publicidad de la época, decían: “Del piso al techo, con San Patricio, todo hecho”.
El trabajo del corralón era pesado, llegaron a tener hasta 5 personas trabajando, cuando faltaban los changarines, Eugenio y Antonio tenían que cargar a pala, grandes cantidades de ladrillos, cal, cemento y arena. Los ladrillos los traían desde José C. Paz del horno de Juan Primiterra, con quien Eugenio forjó una sólida amistad y llegaron a ser compadres. En 1963, Primiterra le prestó 150.000 pesos para que pudiera comprar el camión Fargo cero kilómetro. Eugenio no tuvo que firmar nada, alcanzó con su palabra. El horno, que todavía funciona, llegó a tener 22 hornallas que producían 135.000 ladrillos cada una.
López llegó a hacer en el día tres viajes hasta San Isidro para buscar arena y dos a José C. Paz para traer ladrillos. Muchas veces descargaba el material y no tenía tiempo para ir adentro del negocio porque debía salir rápidamente a buscar más. Todo se vendía en esa jornada. Una vez, con el apuro, creyó que la caja del camión volcador había bajado y al salir enganchó el techo del corralón y lo tiró abajo.
La relación con los clientes era muy buena, podían llevar la mercadería a una casa y dejarla porque después la gente volvía a pagar, nunca había problemas con los cobros. En el mostrador de la Ferretería San Patricio todavía se puede ver comprando a clientes de los primeros tiempos, a sus hijos o sus nietos. De los nombres de esos antiguos vecinos, algunos perduran en la memoria: Rogelio Castellano es uno de los pobladores más antiguos del barrio. Doña Leonor vivía frente al negocio y era célebre porque curaba el empacho y acomodaba los huesos. Otro vecino recordado que vivía cerca del negocio es el Meco Palavecino, hoy está alojado en el hospital Borda y es visitado con periodicidad por algún buen vecino. Nilo Gallucci tenía en la esquina el negocio desde donde repartía leche con carros tirados por caballos. La familia Fagliano fue la poseedora del primer teléfono del barrio y desde ahí la gente de la ferretería hacía los pedidos de materiales a los mayoristas. Son todos recuerdos de buenos vecinos que supieron cultivar el buen trato y la solidaridad. 
A principios de los años 60 se vendía mucho querosén, el combustible se usaba para las estufas y no era fácil conseguirlo. A veces al abrir las puertas del negocio, se encontraban con gente haciendo media cuadra de cola, entregaban un máximo de cinco litros por persona y llegaron a vender hasta 400 en el día.
Era un desafío llevar los materiales por las calles embarradas, se encajaban con los camiones de reparto y hasta con el tractor que compraron al Hurlingham Club. En la media cuadra que separa a la ferretería del asfalto, tuvieron que volcar muchas camionadas de cascotes para poder entrar y salir con las cargas. Los vecinos fueron los generadores del asfalto y el tendido de la red de gas natural. 
En el centro de Luján hay otra Ferretería San Patricio que funciona desde el año 65 y está a cargo de Susana, hermana de Elena y Antonio. Ese negocio comenzó a trabajar con la ayuda de los materiales que López cargó un día en el camión.

.Fotografía: Eugenio, Elena y Antonio vieron desde el lado de adentro del mostrador de la Ferretería San Patricio, cómo los baldíos se convirtieron en casas y los niños en hombres. En esos años supieron construir junto a sus clientes una relación basada en el esfuerzo, la honestidad y el buen trato. Materiales que hoy, a veces, parecen escasos.


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