EL TÚNEL DEL TIEMPO
Farmacia Franco-Argentina
CIEN AÑOS DE TURNO
Un lugar con una rica historia donde acudía la gente del pueblo para hacer sus consultas.
La huella del pasado de la Farmacia Franco Argentina, hoy llamada Farmacia González, se pierde en los primeros años del siglo veinte. Trataremos de reconstruir su historia basándonos en los recuerdos de los hijos de algunos de los propietarios y de vecinos del barrio.
Francisco Bevacqua vive en la calle Albarracín, entre Güemes y Délfor Díaz (ex Cavour), no muy lejos de la esquina de Sargento Gómez y Albarracín, y tiene cosas para contarnos. Su madre, Francisca Vennari de Bevacqua, fue testigo de los primeros tiempos de la farmacia y le contó sobre la vida y la muerte del primer farmacéutico: “Se llamaba Eulogio López, la farmacia

posiblemente haya comenzado a trabajar entre 1900 y 1910. Según lo que tengo entendido ocupaba la esquina de Güemes y Albarracín, en el local que está frente al almacén. En esos tiempos no había médicos en Hurlingham, la función del farmacéutico era muy importante. La farmacia abría todos los días. Torres compró la que hoy es mi casa (en Albarracín entre Güemes y Díaz) y la comenzó a refaccionar por intermedio de la constructora de Carretto, con la intención de trasladar acá el negocio. Hecho que ocurrió pero él no pudo ver porque poco tiempo antes lo mataron con un tiro de escopeta. Eulogio tenía una empleada doméstica que era maltratada por el marido, un hombre con problemas por el alcohol. El farmacéutico le dijo a su empleada que no se hiciera problemas, que le iba a hacer un preparado para ponerle en el vino, y que después no iba a tomar más. Y así fue, la mujer le puso este preparado en el vino y el marido dejó de tomar. Pero se dio cuenta de que entre la mujer y el farmacéutico le habían hecho algo raro, preparó la escopeta y esperó al farmacéutico en la vereda de enfrente de la casa en obra. Cuando se fueron los albañiles y Torres fue a cerrar, le disparó un tiro en la cabeza”.
Los recuerdos de los dichos de la madre de Francisco Bevacqua se mezclan con los suyos de cuando fue niño y después joven: “Cuando la obra fue terminada, María Bessio, la viuda de Torres, le alquiló el local a un nuevo farmacéutico de apellido Cauer y puso una librería en el local contiguo. Un tiempo después la farmacia se trasladó a la ubicación actual y la viuda alquiló la casa a un concesionario de Cabaña Tuyú, una empresa que vendía productos lácteos en carros tirados por caballos. Cabaña Tuyú estuvo muchos años en el lugar; eL lechero se llamaba don Amador, y en la casa todavía se puede ver la pileta donde se lavaban los tarros de leche. Después, en el mismo lugar estuvo Oreste Vivas con su estudio de fotografía”.
Otra farmacia pionera fue la Pasteur y merece una nota en otra edición de la revista. No sabemos la fecha exacta en que José María Álvarez abrió el local, hay distintas versiones sobre cuál de las dos fue la primera en comenzar a trabajar en Hurlingham. El periódico Vida Social informó sobre su mudanza en la edición del sábado 27 de junio de 1942: “Desde el lunes pasado, (el 22 de junio) la acreditada Farmacia Pasteur ha reabierto sus puertas en el nuevo y amplio local de Bolívar y Humberto 1º”.
En el nuevo local, la Farmacia Pasteur podrá desenvolver sus actividades propias con mayor comodidad para su distinguida clientela”.
López González fue farmacéutico cuando la Franco-Argentina ya funcionaba en el edificio actual. Bevacqua lo recuerda: “Era un hombre de campo, muy macanudo. Una vez me corté en un dedo y me curó con bencina. Iba día por medio, me curaba, y me colocaba una nueva venda también mojada con bencina”.
Alfredo López era el sobrino de López González y continuó con la farmacia, fue socio de su amigo José Mónaco. Ernesto Ziperstein vive en la calle Sargento Gómez, cerca de la esquina de Curumalal, recuerda bien la época en que la familia López vivía en la casa que está entre la farmacia y su casa: “Alfredo López y su mujer Pita eran muy buenas personas, yo era amigo de sus hijos varones, Alfredo y Ernesto. Ellos tuvieron el primer televisor del barrio y recuerdo bien una fecha: el 14 de septiembre de 1952. Esa fue la primera vez que vi televisión, trasmitieron en directo el partido Boca-Racing. Iba ganando Boca por 3 a 1 y Racing lo empató. Habíamos entrado a mirar el partido todos los pibes de la barra”.
Beatriz es hija de José Mónaco y tiene en su memoria los años de su infancia que vivió en la farmacia: “Eran pocos los medicamentos que se vendían envasados, recuerdo a papá cuando trabajaba con la balanza y los frascos etiquetados de porcelana blanca de donde sacaban los componentes con los que preparaban los medicamentos. La balanza tenía pesas muy pequeñas. Los preparados los mezclaban en un mortero de porcelana y los colocaban en unas tapitas hechas con un material similar al de las hostias, llamadas sellos. Trabajaban en el laboratorio, sentados sobre unos bancos altos, la farmacia tenía un sótano donde se guardaban las materias primas, a los chicos nos gustaba ir a jugar ahí, nos pedían que por favor no tacáramos nada”.
En 1956 la Argentina sufrió una terrible epidemia de poliomielitis, hubo 6.490 casos de la enfermedad, también llamada parálisis Infantil. El dr. Jonas Salk descubrió la vacuna que permitió controlarla. Antes de que su aplicación llegara al país lo único que se podía hacer era tomar medidas higiénicas, se limpiaban los terrenos baldíos y los árboles de las veredas y los cordones se blanqueaban con cal. En nuestro país el último caso de polio ocurrió en 1984; todavía se registra la enfermedad en algunos países africanos.
Beatriz Mónaco vivió esos duros tiempos: “Para protegernos, los chicos andábamos con una bolsita de alcanfor colgando de un hilo en el cuello. En la farmacia se vendían mucho. Me acuerdo que a mi papá le decían que se iba a volver rico de vender tanto alcanfor. En 1980 el dr. Salk vino a la Argentina, yo era maestra de la escuela 34 que lleva su nombre, le envié una carta agradeciéndole por su trabajo y con un dibujo de los chicos, él nos respondió”.
A finales de la década de 1950 la Farmacia Franco-Argentina, que en esa época se llamaba López, fue comprada por Aníbal Brussone padre. Él era propietario e idóneo, su hermano Eduardo fue el farmacéutico. Su hijo Aníbal comenzó a trabajar con su óptica en un anexo: “En 1959, en la vivienda que acompaña a la farmacia nació mi hermano Héctor -agrega Aníbal Brussone hijo. El farmacéutico cumplía un papel muy importante y aunque no reemplazara al médico era habitual que la gente fuera a consultarlo”. Brussone también recuerda cuando, impulsado por la iniciativa de su padre, se inauguró en la década de 1960 el primer alumbrado de luz de mercurio en Hurlingham, en la calle Sargento Gómez, entre la avenida Roca y las vías del Ferrocarril Urquiza”.
Después de Brussone estuvo un farmacéutico de apellido Andreota y desde hace 35 años es manejada por Isabel González.
La antigua farmacia de la calle Sargento Gómez todavía conserva las instalaciones por las que pasaron los habitantes del Hurlingham antiguo, es una de las pocas muestras que quedan del tiempo de nuestros padres y abuelos. Sería bueno que hagamos algo para proteger a estos lugares insustituibles del avance indiscriminado del progreso.
Epígrafe fotos: Arriba, frente de la farmacia en la actualidad. Segunda foto: José Mónaco, Alfredo López y su hija Susana en la puerta de la farmacia (año 1942 arox.).
La increíble muerte de Eulogio Torres.
Torres, fue el primer farmacéutico de la Franco-Argentina, no pudo ver terminada la construcción de la calle Albarracín, donde pensaba mudar la farmacia. Poco tiempo antes fue muerto de un escopetazo en la puerta de la casa, el victimario fue el marido de una empleada doméstica. En la foto se puede ver el vidrio de la puerta en la actualidad, con la letra e y la t grabadas, eran las iniciales del farmacéutico asesinado.
El verano de los farmacéuticos.
Mediados de la década de 1950: (desde la izq.) “el Gordo” Behigo (de la farmacia behigo), David Casella (fue socio de Behigo), José Mónaco, Alfredo López (socios en la Franco-Argentina) y Daniel Casella (de la farmacia Casella), en mar del plata. iban muchos fines de semana a jugar al casino, con el tiempo todos compraron casa en mar del plata. Beatriz Mónaco guarda entre sus recuerdos los veraneos de las familias en la playa la serena y cuando los visitaba el padre Cherasco, con traje de baño y remera y su debilidad por los tomates partidos al medio que josé mónaco preparaba en la parrilla.
En los años 60, Mónaco, López, Behigo y Daniel Casella tuvieron en sociedad un laboratorio que funcionó por algún tiempo en la casa de francisco Bevacqua . se llamaba Mar-Fier, por el interés que tenían los socios en la lectura del autor del Martín Fierro. fabricaron una pomada con esa marca que servía para heridas y escaldaduras.
Agradecimiento:
A Beatriz Mónaco, Francisco Bevacqua, Ernesto Ziperstein, Luis Casazza, Mónica Fayad y Anibal Brussone.
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