EL TÚNEL DEL TIEMPO
Carlos Zanotta y José Fasiolo
SOBRE HOMBRES Y MÁQUINAS
Zanotta no dudo en poner su cuerpo para evitar que rompan las máquinas. Fasiolo no se destacaba por el buen carácter, pero era conocido por su honestidad. Dos hombres, dos historias.
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Carlos Zanotta era técnico especializado en cajas registradoras
Nació en 1906 en Italia, a orillas del lago Di Como, cerca de la belleza de Los Alpes. Viajó hasta Buenos Aires junto a su madre y sus hermanos en el Principessa Mafalda, el gran barco italiano que hacía el viaje entre Génova y Buenos Aires, que naufragó en 1927 en Brasil dejando casi 400 muertos, entre los que de destacó por su heroico accionar el conscripto Bernardi. En Hurlingham los esperaba su padre que trabajaba de jardinero en la casa de la familia Cardine.
El pequeño Carlos no sabía hablar castellano, en su familia tampoco hablaban italiano, sino un dialecto de la zona de Lombardía. Por eso aprender en la escuela nº10 no hubiera sido fácil sin la ayuda de la maestra Miguela Amoroso. Zanotta siempre recordó su paciencia, ella le decía: “vas a salir hablando como nosotros”. Y con los años habló con un castellano tan fluído que algunos le preguntaban si era español.
Uno de sus primeros trabajos fue en el taller mecánico de Noto, vecino a la plaza de Hurlingham. Ya estaba casado y era padre cuando se presentó por un aviso en el que buscaban personal para la empresa National. Después de dar una prueba de ingreso se enfermo gravemente, la companía contenta con su desempeño lo esperó hasta que mejoró.
Fue técnico especializado de la companía de cajas registradoras National y repareba las máquinas NCR. Arreglaba las registradoras de muchos comercios e instituciones de Hurlingham: Las farmacias Franco-Argentina, Pasteur y Casella, el almacén de Ferreccio en Rubén Darío, el almacén Bousquet, vecino a la estación de Hurlingham, el Hurlingham Club, el corralón de Carretto, la zapatería Fagliano y Casa Biagio, entre muchos otros. En capital tenía importantes clientes, como Harrods Gath & Chaves, los bancos de Boston y de Londres, el Café de los Angelitos y varias de las más importantes confiterías: del Molino, de Los Boulevares, Imperio y del Águila. Le tenían mucha confianza, algunos llamaban a la empresa y pedían que mandaran sólo a Zanotta. La honestidad era indispensable para su oficio porque esas registradoras, que se caracterizaban por la manija al costado y el sonido de una campanita al abrir la caja, guardaban dinero y no era extraño que se rompieran cuando estaban llenas, especialmente para las fiestas de fin de año. Más de una vez había tenido que trabajar en la noche de navidad para reparar una caja repleta con el dinero obtenido por la venta de regalos. En una ocasión tuvo que entrar acompañado por la policía para destrabar una cerradura y liberar a los empleados de un banco que habían sido encerrados durante un robo.
Zanotta no estaba afiliado a ningún partido político pero sentía simpatía por el socialismo y estaba a favor de los obreros. También sentía mucho amor por su trabajo y por las máquinas que con tanto esfuerzo arreglaba. En una huelga organizada por la Unión Obrera Metalúrgica, cuando un grupo propuso destruir las máquinas registradoras, puso su cuerpo delante de los huelguistas para que no lo hicieran, dijo: “Cómo van a romperlas si cuesta tanto trabajo armarlas”, los compañeros huelguistas lo apreciaban y no lo dañaron a él ni a las máquinas.
Marlene de Lourdes Zanotta, hija de Carlos, destaca la honradez como una característica destacable de su padre y recuerda un consejo suyo: “Si algún día llegás a tener hambre, pedí en la puerta de una iglesia o a un vecino, pero no robes. Robar, además de ser malo, te quita la libertad, que es lo más importante que tenemos”. - HCXC
Epígrafe foto de arriba: Clink caja. Carlos Zanotta (a la izquierda) mientras reparaba una máquina registradora, también arreglaba máquinas de escribir. tenía el taller en su casa, en Roca y Albarracín.
El taller de Fasiolo
Quedaba en la avenida Roca 1556, a media cuadra de Albarracín. Era una parte de la Estación de Servicio Las Heras donde se brindaba un servicio integral para el automóvil (Las Heras fue el nombre anterior que tuvo la avenida Roca). En el gran galpón que José Fasiolo alquilaba a un señor llamado William Martin, además del taller mecánico, había un surtidor de nafta que funcionaba a bomba y despachaba el combustible a 5 centavos el litro, hacían cambio de aceite y engrase, tenían gomería, lavadero y tenían un elevador para revisar los autos desde abajo.
Ramón Godoy entró a trabajar al taller en 1946 cuando tenía 14 años. Para poder ingresar como aprendiz fue recomendado, entre otros, por los señores Antonio Bufanti y Federico Tessei. Recuerda a Fasiolo como a un hombre de pocas palabras, que no tenía cuenta en el banco y guardaba la plata en los bolsillos del mameluco. Ramón, aunque no era mayor de edad, tenía el trabajo de manejar. Su jefe no lo hacía más desde que había tenido un accidente entre Hurlingham y Palomar en el que murió una persona. En el año 50 en el taller prepararon el Chevrolet nº 86 para correr la Buenos Aires-Caracas. El piloto era Roberto López, un camionero de Morón; el copiloto, Oscar Carrere, un mécanico del taller, vivía con su familia en la casa que estaba en la parte de atrás de Roca 1556. Godoy recuerda que fue con otros amigos hasta Cañuelas a ver pasar los autos. En los primeros puestos y separados por pocos metros, pasaron Juan y Oscar Gálvez y Juan Manuel Fangio. Ese mismo, día antes de correr, Fangio había estado en Hurlingham. En González Chávez, en la Provincia de Buenos Aires, el coche 86 participó de un choque múltiple, volcó y tuvo que abandonar.
En esos días no pasaban tantos coches por la avenida Roca, estaba el colectivo 57, que tenía el recorrido entre Saavedra y Luján y el 141 que iba de Chacarita a Pilar.
El trabajo en la Estación de Servicio Las Heras era intenso. Entraban a las ocho de la mañana y se quedaban hasta terminar, podía ser a las 11 de la noche o a la una. Al mediodía paraban dos horas, algunas veces Godoy aprovechaba para ir hasta San Miguel a jugar a la pelota, iba y volvía en la bicicleta que había sacado a pagar en cuotas. Se trabajaba de lunes a sábado, los domingos el joven aprendiz se quedaba de guardia.
En la fotografía de esta página se ve a Nelly Castiñeira y su hermano Osvaldo, vecinos del taller, que vestidos para ir a pasear rodeaban a Alberto, uno de los mecánicos. Nelly recuerda ese día: “Estábamos esperando a mamá. Alberto, que era un muy buen mecánico y tenía la particularidad de estar siempre impecable, nos preguntó si íbamos a la capital, nos dijo que quería sacarse una foto con nosotros porque estábamos muy lindos”. Nelly había nacido en la casa de al lado , Fasiolo era un amigo de la familia y para ella el taller era como si fuera una continuación de su casa; con su hermano jugaban en los coches que estaban depositados atrás, sucios y con telas de araña, lo hacían a pesar de los retos de su madre. Fasiolo no se caracterizaba por ser ordenado, en el taller tenía cosas guardadas desde hacía mucho tiempo y no dejaba que nadie las tocara ni ordenara. Era soltero y tenía mal carácter, es algo en lo que coincidieron todas las personas con las que hablamos para hacer esta nota, dicen que si discutía con alguien, se daba vuelta y lo dejaba hablando solo. Pero todos coincidieron también en que era una persona honesta. Beatriz Blasi era otra vecina del taller, recuerda el aprecio que en su familia le tenían a José: “No teníamos teléfono, en ese tiempo uno lo pedía y tardaban muchos años en instalarlo, él nos ofreció el del taller, que tratabamos de utilizar sólo para hacer llamadas importantes. Mi mamá cocinaba muy bien, para devolverle sus atenciones muchas veces le llevaba ravioles hechos por ella. Una vez para carnaval, desde el taller me dijeron que me llamaban por teléfono, cuando fui a atender, me mojaron con la manguera que usaban para lavar los autos, el agua tenía tanta fuerza que casi me tira al piso.
El taller de Fasiolo cerró hace ya varias décadas, es posible que el depósito donde guardaban el combustible del surtidor todavía esté bajo la vereda en la avenida Roca, el mismo surtidor que alguna vez llenó los tanques de los autos de Hurlingham a sólo 5 centavos el litro. - HCXC
Epígrafe segunda foto: De punta en blanco. Nelly y Osvaldo “Rulito” Castiñeira junto a Alberto, unos de los mecánicos del taller Fasiolo.
Agradecimiento: A Daniel Cibello
AGRADECIMIENTO: A Daniel Cibello |